jueves, 23 de junio de 2011

Músicas azules

http://www.elboomeran.com/blog-post/11/10927/vicente-verdu/musicas-azules/

La novela es un género de la literatura, hoy mostrenco; pero la poesía, sin género alguno, es la literatura. De ahí que si las novelas sean cada vez peores, elefantiásicas, falsas o periodísticas (salvo excepciones), los poemas sigan luciendo, sorprendiendo y volteando al mundo.

La poesía, sin embargo, es tan irreemplazable como las venas, la inteligencia o la sensualidad

Un programa de Radio Nacional, Estación azul, que ya ha cumplido diez años, se sintoniza ahora, a las cuatro de la tarde de los sábados, acogiendo ese efecto primordial. Javier Lostalé que aparece como colaborador, posee una voz tan especial, sabia y perenne que llama a la atención desde muy lejos. Ahora trabaja después del almuerzo y es quien, con otros colegas más, sirve esta pieza que nos llena de cielo y agua la sobremesa.

No pocas novedades de las tecnologías de la comunicación han chocado con Javier Lostalé y contra mí mismo pero curiosamente, este programa de la radiofonía, lleno de poetas jóvenes viene a ser un inesperado reencuentro con el pasado, el presente y el porvenir.

Por eso cabe decir que si la novela es un género dentro de la literatura, tal como el vals dentro de la música, la poesía es la música misma. Algunos de nosotros, gentes de mal oído y de escasa melomanía, somos muy capaces de vivir sin música/música pero la explicación radica en que la música, cuestión de vida o muerte, nos llega mediante la secuencia sonora que ofrece la poesía.

Prácticamente todos los jóvenes que acuden a la Estación azul son amantes o adictos de la música porque, en efecto, la música es hoy todo. Y, estando vivos, hasta la respiración, no ya el canturreo, se confunde con una u otra melodía.

Sin embargo, esta pasión resbala fácilmente hacia el son de la poesía. Puede que unos sean más aficionados a las notas que a las sílabas, que redacten con mayor facilidad una nota pero, efectivamente, de estos impulsos, breves y llameantes, se compone el arte y la comunicación de hoy. La comunicación poética que hilvana todos los tiempos.

Una chica, Luna Miguel, que nació en Alcalá de Henares hace apenas 21 años es la poeta a quien recuerdo mientras escribo. Ella fue la última o la penúltima a la que escuché recitar dos de sus poemas en una reciente emisión de la Estación azul y fue entonces cuando decidí apearme y dar las gracias.

No necesitan posiblemente más apoyo. El programa ha ganado un montón de premios y no requiere más inyecciones de salud; es la salud de los demás a la que me refiero. Si el libro se acaba, si el papel se desvanece, si la escritura se degrada ¿qué quedará del arte literario? Probablemente muy poco de aquel que tenga que ver con la narración porque ya, a estas alturas, muchos otros medios cuentan las cosas mejor, con más tino, verdad, velocidad y eficiencia.

La poesía, sin embargo, es tan irreemplazable como las venas, la inteligencia o la sensualidad. De este universo, Luna Miguel (hija de un profesor de literatura y de una modesta editora) compone unos versos que nunca se nos ocurrirían a las gentes de mi generación ni de la siguiente ni de la anterior pero que son el lenguaje que mejor entendemos.

Editoriales menuda como El cangrejo pistolero o Pliegos Chichimeca bortan entre los entresijos de la nueva cultura y al lado de revistas como El coloquio de los perros o La bella Varsovia. Podría decirse que estos tipos están chalados. Están chiflados los títulos y las cabeceras que escogen. Pero, ciertamente, al poner atención a lo que escriben, verso tras verso, sus delirios se saborean como golosinas de primera calidad. Músicas azules para nosotros los viejos y sordos de la música.
La novela es un género de la literatura, hoy mostrenco; pero la poesía, sin género alguno, es la literatura. De ahí que si las novelas sean cada vez peores, elefantiásicas, falsas o periodísticas (salvo excepciones), los poemas sigan luciendo, sorprendiendo y volteando al mundo.

[Publicado el 16/6/2011 a las 10:50

sábado, 5 de marzo de 2011


Las colinas de Ngong

http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/colinas/Ngong/elpporcul/20060805elpepirdv_30/Tes

Gustavo Martín Garzo 05/08/2006

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong", éste es el comienzo de uno de los libros más hermosos que existen. Y no sé por qué, pero siempre que vuelvo a leerlo, me acuerdo de la granja que tuvo mi padre, en el corazón de la comarca de Tierra de Campos. Era un paisaje presidido por el aire, de colores vivos y secos, en que la luz ondulaba sobre las cosas con la viva densidad del agua.

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong", éste es el comienzo de uno de los libros más hermosos que existen. Y no sé por qué, pero siempre que vuelvo a leerlo, me acuerdo de la granja que tuvo mi padre, en el corazón de la comarca de Tierra de Campos. Era un paisaje presidido por el aire, de colores vivos y secos, en que la luz ondulaba sobre las cosas con la viva densidad del agua. Aunque lo mejor fueran sus noches. No he vuelto a ver cielos así. Las estrellas eran infinitas, y semejaban un polvo luminoso suspendido sobre el mundo, como un hechizo. Nuestra granja estaba en la vega del río Sequillo, en una zona de regadío, donde había pequeñas huertas, y cultivos de remolacha, alfalfa y maíz. Era una granja avícola, orientada sobre todo a la producción de huevos.

Corrían los años sesenta, y fue la época del desarrollo económico y de la llamada a la modernización de las explotaciones. La gallina autóctona no pasaba de dos o tres huevos a la semana, y la idea de mi padre era seleccionar a las más aptas para dedicarlas a la reproducción. Para ello, todas las gallinas llevaban en el ala o la pata una placa con un número, que permitía identificar a las mejores. Se las separaba entonces de sus compañeras y se las llevaba al gallinero, en que las esperaban los gallos que debían fecundarlas. Este gallinero estaba dividido en pequeñas salas, cada una a cargo de un gallo. Era la época de los pantalones cortos y más de una vez salimos de allí con las piernas ensangrentadas, pues los gallos marcan ferozmente su territorio y nos atacaban a picotazo limpio cuando nos veían entrar. Los gallos montaban a sus hembras con fingida indiferencia, y los huevos fecundados se llevaban a la incubadora. Empezaba entonces lo más bonito del proceso, pues 21 días después, al calor regular de las lámparas, aquellos huevos empezaban a romperse y al momento los pollitos nidífugos andaban corriendo y picoteando todo lo que se encontraban. Se separaban entonces las hembras de los machos y se criaban aquéllas hasta que crecían y se transformaban a su vez en ponedoras. La granja era ocupada entonces por una generación nueva, y mi padre estaba convencido de que la repetición del proceso daría lugar a una gallina distinta capaz de acercarse a la cifra utópica de un huevo diario. El razonamiento era impecable, pero los resultados no lo fueron tanto. Pues no estaba claro que las hijas de aquellas esforzadas hembras heredaran la abnegación y el ímpetu ponedor de sus madres. Y mi padre empezó a desesperarse, pues el mantenimiento de la granja era muy caro, y hubo unos años en que los precios de los huevos cayeron por los suelos. Además, aquel mundo, como todos, estaba lleno de aprovechados, y mi padre, un ser básicamente confiado, era una presa fácil. Acudían a la granja como enjambres. Le engañaban con el peso del pienso y de las cáscaras de piñón que se utilizaban para calentar los criaderos, y le engañaban con el precio de los huevos.

La situación empezaba a ser preocupante cuando irrumpieron en el mercado unas gallinas híbridas que venían de América y que ponían huevos sin parar. Los gallineros de mi padre eran limpios, amplios y hermosos, y hasta tenían un parque, rodeado de tela metálica, al que las gallinas, que vivían como auténticas marquesas, podían salir durante el día a airearse y rebuscar en la tierra. Pero la llegada de aquellas criaturas desangeladas e histéricas, auténticas proletarias de la puesta, acabó con la idea romántica de que cuanto mejor era el trato que se daba a las de su especie su producción era mayor. Un gallinero como los de mi padre, que a lo sumo había albergado a 500 gallinas de las suyas, podía contener en jaulas amontonadas a 5.000 de aquella nueva raza de híbridos. Sólo una mente diabólica podía haber concebido un ser así, que aun en las más humillantes condiciones era capaz de batir todas las marcas imaginables.

Aquello acabó con el sueño avícola de mi padre, que se negó a seguir unos métodos de producción que iban contra sus principios, y cerró los gallineros. La granja sin embargo estaba más hermosa que nunca, pues habían crecido los árboles que había plantado en aquel terreno yermo. Hizo una piscina, que se llenaba con agua del canal, y, a su alrededor, plantó sauces, acacias y todo tipo de árboles frutales. Diseñó él mismo un pequeño porche, y se pasaba las horas muertas en él. Nunca se bañó, pero le gustaba sentarse allí y vernos bañarnos a mi madre y a nosotros. La granja se hizo famosa en los pueblos de los alrededores, y convocaba, alrededor de la piscina, a numerosos veraneantes. Por las tardes hacíamos guateques, y bailábamos el twist y aquellas preciosas baladas francesas e italianas que entonces estaban de moda. Y, mientras nosotros crecíamos, mi padre se fue haciendo mayor. Cuando tenía la granja iba todas las tardes al pueblo para vigilarla; pero, como necesitaba dinero, terminó por venderla. Creo que esa venta fue uno de los hechos más dolorosos de su vida.

Vendió la granja, y dejó de viajar al pueblo. Entonces se aisló todavía más, y apenas se movía de casa, en que se pasaba los días sentado en su sillón de orejas, cada vez más ensimismado y silencioso, pidiéndonos que nos ocupáramos de nuestra madre, a la que siempre pensó que no había sabido hacer feliz, a pesar de haber sido el gran amor de su vida. Y un triste día, se murió. Murió él, pero su granja siguió viva en nuestro pensamiento. Han pasado los años y, cuando voy al mercado, todavía hoy me sorprendo ante los escaparates de las pollerías, contemplando los huevos. No hay perfección mayor. Representan el misterio de la vida, y han sido adorados por todas las culturas. Los egipcios los ponían junto a las momias, significando la esperanza del renacimiento, y, cuando los veo alineados en sus cartones, no puedo evitar acordarme de mi padre llevándoles en sus manos, como si guardaran una vida secreta cuyo desarrollo podía estimular la nuestra. ¡Qué mundo aquel, tan pobre, pequeño y lleno de locura! A veces, cuando pienso en esos años, y recuerdo a mi padre yendo y viniendo a los gallineros, me pregunto si su vida tuvo que ser así, si no se merecía otra cosa. Era dulce, elegante, tenía el poder de transformar todo lo que hacía en algo especial, como esos reyes del Mahabarata que dialogan con pájaros de oro y fuentes que cantan. De haber tenido su propio reino, habría sido justo y amado por todos. Sus discursos habrían consolado a su pueblo, y habría mandado construir para él jardines y fábricas hermosas, pues nunca aceptó la idea de que un edificio, se dedicara a lo que se dedicara, tuviera que ser sucio y feo. De hecho, su granja siempre pareció un juguete. Una casa de muñecas.

Pero, ahora que lo pienso, no es cierto que no llegara a reinar. Lo hizo en aquel mundo pequeño, y nosotros fuimos sus súbditos. Tenía algo de lo que los demás no sabían nada, y de él aprendimos que es preferible la generosidad al ahorro, la abnegación al egoísmo, el deseo de ser y saber al deseo de poder. Es extraña la muerte, nos arrebata lo que amamos, pero no su recuerdo. Y todavía hoy creo verle en aquel sillón de orejas, del que no se movió los últimos años de su vida, pensando en qué tenía que hacer para sacar adelante su granja. Y me parece que escribir novelas no es tan diferente a ocuparse de cosas así. Tener una granja al pie de las colinas de Ngong. Y entonces su fracaso me parece más hermoso que todos los éxitos; y me ayuda a entender el fracaso de mis propios proyectos insensatos
.

martes, 1 de marzo de 2011

En la tienda de la florista





http://amediavoz.com/prevert.htm#CANCI%C3%93N%20PARA%20DOS%20CARACOLES%20%20QUE%20VAN%20A%20UN%20ENTIERRO


Un hombre entra en la tienda de la florista
y elige flores
la florista envuelve las flores
el hombre se lleva la mano al bolsillo
para buscar el dinero
el dinero para pagar las flores
pero al mismo tiempo se lleva
súbitamente
la mano al corazón
y cae

Al mismo tiempo que cae
el dinero rueda por el suelo
y también las flores caen
al mismo tiempo que el hombre
al mismo tiempo que el dinero
y la florista se queda allí
ante el dinero que rueda
ante las flores que se marchitan
ante el hombre que se muere
sin duda todo es muy triste
es necesario que la florista
haga algo
pero no sabe qué hacer
no sabe
por dónde empezar

Hay tantas cosas por hacer
con ese hombre que se muere
esas flores que se marchitan
y ese dinero
ese dinero que rueda
que no deja de rodar.

De "La pluie et le beau temps"
Versión de César Rojas

lunes, 28 de febrero de 2011

Los ojos del aprendiz


Los ojos del aprendiz
13.02.11 - 01:31 -
PÍO GARCÍA |


Podríamos decir que estos niños viven en China. Podríamos decir que habitan en un hutong, uno de esos barrios antiquísimos, estrechos y laberínticos que se arraciman a la sombra de la Ciudad Prohibida y que milagrosamente se han librado del furor inmobiliario de Pekín. Podríamos decir que son pobres, que las maderas gastadas del fondo reflejan su miseria cotidiana, que apenas comerán un cuenco de arroz al día, que se ahogarán de calor en verano y se quedarán helados en invierno. Podríamos decir que, si no pasa algo gordo, se verán condenados a crecer en un entorno hostil, en un diabólico sistema que ha conseguido mezclar la asfixiante opresión del comunismo con la descarnada explotación del capitalismo. Podríamos decir que, de aquí a pocos años, los dos tendrán que dejar los lápices y los cuadernos para ponerse a coser pantalones catorce horas al día.
Podríamos decir muchas cosas más y casi todas tristes y verdaderas. Pero entonces nos perderíamos la mirada limpia, clara y enorme de ese niño; esos ojos tremendos que sueñan con la libertad mientras la pequeña maestra le ayuda a hacer los deberes; esas pupilas tan luminosas que parecen suplicarnos otro futuro, más divertido y esperanzador.
http://www.laverdad.es/murcia/v/20110213/sociedad_murcia/ojos-aprendiz-20110213.html

martes, 11 de enero de 2011

Nadie recuerda un invierno tan frío como este.

Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.

Helado está también mi corazón,
Pero no fue en invierno.
Mi amiga,
Mi dulce amiga,
Aquella que me amaba,
Me dice que ha dejado de quererme.

No recuerdo un invierno tan frío como este.


ÁNGEL GONZÁLEZ

sábado, 18 de diciembre de 2010

Los versos rotos de prostitutas chinas Una antología pionera muestra la injusticia a la que fueron sometidas durante siglos las poetas concubinas


http://www.publico.es/culturas/351223/los-versos-rotos-de-prostitutas-chinas/version-imprimible


PEIO H. RIAÑO MADRID 12/12/2010 08:00 Actualizado: 12/12/2010 10:26
Cerca de 200 poetisas fueron sometidas a la trata.
Cerca de 200 poetisas fueron sometidas a la trata.

Debajo de los hermosos peinados, colorido maquillaje, de los cantos y melodías de los laúdes que ahogan llantos y lamentaciones, de los vestidos de exquisitas sedas y preciosas joyas, lejos del pabellón de los placeres infinitos, de la apasionada intensidad de acosadoras concubinas en busca del goce del emperador, suena la voz quebrada de una prostituta que escribe unos versos a su amado que le ha vuelto a abandonar. "Para mis padres, pesa más / el dinero que su hija. / Y así, con el laúd entre los brazos, / recorro sola mil y mil leguas. / Al claro de la luna, / tras mi interpretación, / no cesan de aplaudirme. / No saben que no han escuchado música, / sino los sollozos de mi alma rota".

Lu Huinu, poeta y prostituta china del siglo XIV escribió este poema improvisado en una barca. Su historia es similar a la de las cerca de 200 poetisas que fueron sometidas a la trata: nacidas o crecidas en medio del aroma literario, pero maltratadas por el destino y acosadas por la miseria, se resignan a prostituirse para sobrevivir, y cuando las condiciones lo permiten, se liberan de esta condición humillante.

Las lágrimas empapan los poemas cargados de desgracias

Pocos versos hay en la Antología de poetas prostitutas chinas, seleccionada por Guojian Chen y publicada por la editorial Visor, que encuentren en la alegría un motivo. Las lágrimas empapan los poemas cargados de desgracias, discriminación, desprecio, desamor, injusticia, miseria y resignación.

Estas 28 poetas acaban con el estereotipo de las delicias de un palacio de retiro adornado con madera y jade, candiles de barro, noches verduscas y el crepitar de la llama, que Occidente se ha encargado de difundir, confundido por los ciegos aromas del exotismo. Lo cierto es que China ha sido otra sociedad feudal más, terriblemente machista e injusta, en la que la prostitución era un asunto de familia.

Este libro traza un recorrido de 14 siglos (del V al XIX) de mujeres maltratadas, educadas para dar placer sexual e intelectual a los funcionarios y viajeros que se desplazaban por negocios en trayectos infinitos por un país interminable.

China fue una sociedad feudal más, machista e injusta

"Ya me marcho, dejando / el verde follaje del wutong, / árbol de Soledad. / Antes yo no conocía / el dolor del amor. / Ahora entiendo que ha sido mi ardiente pasión/ el motivo de todos mis sufrimientos. / ¿Para qué buscarlos en otro sitio?", es uno de los 20 poemas que la poeta Liu Rushi (1618-1664) reúne bajo el título de Añorando a mi amado, escritos cuando la autora fue expulsada de la casa en la que convivía con Chen Zilon, su amante, después de que este salió de viaje a la capital. Liu Rushi fue famosa por su erudición, sus bellos versos, caligrafías, pinturas y rectitud. Nació en una familia muy pobre y fue vendida a un prostíbulo a los 8 años. Se casó como concubina con Qian Qianyi, y al morir este ella se suicidó, dejando más de 200 poemas.
Dolor y tinta

Las niñas hermosas y listas eran seleccionadas para recibir una educación fundada en poesía, canto y baile a fin de hacer de ellas un producto irresistible para la clase más solvente y refinada de China. Les enseñaron a purgar su dolor con tinta. Todas ellas tienen sus mangas rojas perfumadas, delante de las puertas de sus casas hay espléndidos sauces y los cucos cantan sin cesar. "Entre espléndidas flores de color variado / arrasados los ojos de lágrimas, te despido". Todas están encerradas en lo recóndito de su alcoba, bordando sus trajes de danza e ignorando como pueden su profunda tristeza.